Mirá como tiemblo
por Xtian Rodriguez
Sólo los superficiales se conocen a sí mismos. Oscar Wilde
El punto
[Un post viejo, publicado originalmente en noviembre de 2003]
La maestra del primario me explicó que el punto termina oraciones. Que debe colocarse sólo cuando el enunciado ha alcanzado sentido completo. Que existen tres tipos de puntos: el punto seguido (que separa oraciones del mismo párrafo), el punto y aparte (que termina un párrafo) y el punto final (que termina un texto). Y que el punto es la más extensa pausa sintáctica del idioma español. La gramática no dice nada más. Y sin embargo el punto es seguramente el signo de puntuación más importante ya que cumple dos funciones cruciales: a. fracciona el significado total del texto en porciones digestibles y b. sugiere el ritmo global del texto (el ritmo se completa con el ritmo interno de las oraciones, puntuadas con los demás signos de puntuación).
Fraccionar el texto en unidades menores, partir el postre en porciones, digamos, es necesario porque las personas sólo pueden mantener “activas” en su cerebro un número limitado de ideas. Cuando el lector alcanza el punto que cierra una oración, poda mentalmente todas las ramas gramaticales que se habían abierto, condensa su significado y ya está listo para la próxima oración, para la próxima cucharada. Y si el escritor carga demasiado la cuchara es el lector el que se atraganta, tose molesto y corre a buscar su vasito con Uvasal.
De este razonamiento se desprende una regla básica: (la mayoría de las veces) las oraciones cortas son preferibles a las extensas. Cuánto más larga es la oración mayor es la probabilidad de que el sujeto y el verbo se distancien (lo que contribuye a la sensación de “¿de qué era que me estaba hablando?” y la necesidad de releer la oración) o de que el cometido principal del enunciado se pierda entre tantos zigzags (por ejemplo esta misma oración). Si esta regla se aplicara con más frecuencia la mayoría de los textos se harían más legibles. En computación (y en el arte de la guerra) existe una regla llamada “divide y conquistarás”, esa misma regla se puede aplicar en la edición de textos: muchas veces alcanza con dividir una oración chirle en dos o tres para que el párrafo recupere su consistencia.
Por ejemplo, este párrafo (extraído de Otra vuelta de tuerca) está lleno de grumos:
“Esperaron juntos la llegada de la nodriza con la supuesta esclava cargando el canasto como hacía todos los lunes muy temprano y cuando el harén real dormía cansados de las fiestas de los Domingos a la noche. Aparecieron silenciosamente, la nodriza se acercó a la habitación de Bedoya y fueron juntos al jardín, donde entraron al laberinto buscando seguramente un lugar seguro para reunirse en amor.”
Dos oraciones extensas, de 37 y 29 palabras, coordinadas pobremente y con demasiados flancos débiles. La primer oración compila demasiada información: que los amantes esperan juntos, que la nodriza hace los recorridos los lunes temprano, que está acompañada de una esclava, que esa esclava puede ser una impostora, y que en el harén la pasan bomba los domingos a la noche (¡Feliz domingo para la juventud!). La segunda oración, que debería darnos un descanso luego de tanto jadeo (especialmente si también tuvimos un feliz domingo), continúa apilando canastos e ideas inconexas: la nodriza y la esclava aparecen silenciosamente, supongo que “aparecen” significa que se presentan donde están los que “esperaron juntos” en la oración anterior; la nodriza sola se acerca a la habitación de Bedoya (¿y la esclava que hace mientras?); ¿los que fueron juntos al jardín quiénes son? ¿La nodriza va o no? ¿Y los que esperaron juntos en la oración anterior donde fueron? ¿Y Bedoya? ¿Y Magoya?
De más está decir que para cuando llega el momento de meterse en el laberinto perdí la cuenta de cuántas personas se “reúnen en amor”. Y me ronda la pregunta: ¿Dónde quedó el canasto?
Así que déjenme que me meta en esta jungla con el machete. Partiendo oraciones, reordenando un poco y con algunos otros pequeños retoques:
“El harén real dormía luego de las orgías del domingo a la noche. Alí y Jashir esperaron impacientes la llegada de la nodriza y su esclava. Sonaron los 4 golpes convenidos en la puerta y Alí la abrió para encontrarse con las dos mujeres que depositaban el canasto en el umbral. Alí les sonrió, les agradeció con una reverencia y las vio desaparecer silenciosamente entre las columnas de la galería. Los dos jóvenes acercaron una vela para descubrir el contenido del canasto: un pan de haschís, sogas y un falo tallado en marfil. Se apresuraron, llenaros sus alforjas y sigilosamente cruzaron el corredor, las galerías y finalmente el sendero que daba al jardín. Jashir señaló la entrada del laberinto y sonrió: pronto serían libres. En pocos minutos habían encontrado el lugar convenido, que la nodriza había marcado con una gran cruz de tiza azul en el muro. Extendieron un tapiz sobre el césped húmedo: Jashir se recostó boca arriba y observó cómo las nubes cruzaban velozmente el cielo, como una jauría de perros enloquecidos. Mientras, Alí vaciaba las alforjas: sobre el tapiz yacían ya desparramados el haschís, el falo y una botella de licor. Jashir se dejaba invadir por el sopor de las nubes en caravana otra vez, aunque había cambiado de opinión: no se trataba de perros, sino de caballos desbocados, indomables. Sintió de pronto los labios secos y la urgencia de beber licor o de besar a Alí. Las nubes se abrieron y la luz lechosa de la luna lo cegó un instante. Cuando abrió los ojos apenas alcanzó a ver el brillo metálico en el puño de su amante”.
Bueno, al final terminé en una versión arábiga y porno soft de “La noche boca arriba” de Cortázar. Perdón.
En este párrafo las oraciones rondan las 15 palabras, aunque hay algunas más extensas (aunque de estructura muy sencilla: enumeraciones, secuencias enlazadas con conectivos y con distancia mínima entre sujeto y verbo). El párrafo ha ganado claridad aunque no es perfecto, las referencias “Alí hizo esto”, “Jashir hizo aquello” se hacen excesivas en las últimas oraciones, sólo para dar un ejemplo.
Y también fui injusto con Atitar, ese párrafo es mucho más legible cuando se lee en contexto. Y supongo que la intención estilística original fue escribir con olor a “Las mil y una noches”: las oraciones expansivas y la gramática perezosa de los mitos.
Pero volviendo a nuestra regla básica: lo breve es preferible a lo extenso, dos oraciones breves suelen ser más claras que una que las fusione. Todo muy bien, excepto que un texto no es solo contenido, también es rítmica y melodía. Y hay un límite en lo que las oraciones cortas y de estructura sencilla pueden lograr. Por ejemplo:
“El mar no se movía. Bajaron del buque una lancha. Tardaron casi una hora en hacer funcionar el motor. Desembarcó en la isla un marino vestido de oficial o de capitán. Los demás volvieron al buque.”
En este párrafo (extraído de La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares), el único signo de puntuación es el punto y las oraciones son cortísimas (3 de las 5 oraciones del párrafo tienen 5 palabras). Bioy se podía permitir estos lujos porque era Bioy, y aún así se permite el lujo sólo por poco tiempo: en el siguiente párrafo las oraciones recuperan longitud y sofisticación. (Y ya que estoy comento: se me hace muy arduo leer a Bioy por su fanatismo exagerado por la oración mínima, sus textos terminan martillándome la cabeza como una lluvia de gotas anchas. Sus ficciones son fascinantes pero siempre me dio la impresión de que podrían estar mejor ejecutadas. Es mi modestisísima opinión, que quizás contradiga la de Borges - aunque quizás no: en su famosa cita Borges acerca de “La invención…” habla de una trama pefecta, no de una prosa perfecta). El encadenamiento de oraciones de este tipo convierte el texto en la lista de compras para el super, maximizando claridad pero destruyendo la textura de lo escrito.
El lector busca argumento, significado (costado derecho del cerebro si se cree en esas teologías) pero también sentimiento, tacto, el pulso de una voz (costado izquierdo). Y esa tensión es literatura. Conviene entonces que ilustre con ejemplos cómo distintos autores juegan con el punto y la extensión de las oraciones.
Marguerite Duras en “El amante” usa oraciones cortas, que funcionan como baldazos de agua tibia:
“Entre los dieciocho y veinticinco años mi rostro emprendió un camino imprevisto. Ese envejecimiento fue brutal. Ví como se apoderaba de mis rasgos uno a uno… He conservado aquel rostro nuevo. Ha sido mi rostro. Ha envejecido más por supuesto, pero relativamente menos de lo que hubiera debido. Tengo un rostro lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada. No se ha deshecho… ha conservado los mismos contornos pero la materia está destruida. Tengo un rostro destruido…”
Paul Bowles, mezcla oraciones largas y cortas en “El cielo protector”:
“Esa noche se despertó sollozando. Su ser era un pozo de mil metros de profundidad; subía de las regiones inferiores con una sensación de infinita tristeza y de descanso, pero no recordaba ningún sueño, como no fuera la voz sin cara que le había recordado: ‘El alma es la parte más cansada del cuerpo.’ La noche era silenciosa, salvo un vientecito que soplaba a través de la higuera y movía los aros de alambre colgados de las ramas. Se rozaban al balancearse, chirriando apenas. Escuchó un rato y se quedó dormido”.
Y el ejemplo final: Cortázar contradice todo lo que acabo de decir con su gigantesca oración al comienzo de La autopista del sur:
“Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de tarde y, apenas salidos de Fontainbleau, han tenido que ponerse al paso, detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos la autopista está íntegramente reservada a los que regresan a la capital), poner en marcha el motor, avanzar tres metros, detenerse, charlar con las dos monjas del 2HP a la derecha, con la muchacha del Dauphine a la izquierda, mirar por retrovisor al hombre pálido que conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la felicidad avícola del matrimonio del Peugeot 203 (detrás del Dauphine de la muchacha) que juega con su niñita y hace bromas y come queso, o sufrir de a ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos del Simca que precede al Peugeot 404, y hasta bajarse en los altos y explorar sin alejarse mucho (porque nunca se sabe en qué momento los autos de más adelante reanudarán la marcha y habrá que correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas y los insultos), y así llegar a la altura de un Taunus delante del Dauphine de la muchacha que mira a cada momento la hora, y cambiar unas frases descorazonadas o burlonas con los hombres que viajan con el niño rubio cuya inmensa diversión en esas precisas circunstancias consiste en hacer correr libremente su autito de juguete sobre los asientos y el reborde posterior del Taunus, o atreverse y avanzar todavía un poco más, puesto que no parece que los autos de adelante vayan a reanudar la marcha, y contemplar con alguna lástima al matrimonio de ancianos en el ID Citroën que parece una gigantesca bañadera violeta donde sobrenadan los dos viejitos, él descansando los antebrazos en el volante con un aire de paciente fatiga, ella mordisqueando una manzana con más aplicación que ganas.”
Nosotros, los mortales, estamos la mayoría de las veces confinados a terrenos menos anegadizos…
En conclusión, el lector (especialmente si lee online, pero también cuando lee en salas de espera, trenes, etc. o casi siempre, bah) es un pajarito impaciente, pronto a saltar a otra rama si percibe que estamos siendo torpes o desconsiderados. Acumular oraciones largas y sinuosas es invitar problemas.
La opción: escribí oraciones cristalinas y cortas o sé un genio (como Cortazar). Tres oraciones breves bien coordinadas son preferibles a un mastodonte lleno de tentáculos (salvo que el mastodonte este bajo tu férreo control). Divide y conquistarás (al lector) aunque respetando tu voz. Editá tu texto (es decir tachá, reescribí) para que gane claridad sabiendo que eso no significa apuñalar el cuerpo vivo de lo que escribiste. Podés ganar simplicidad sin sacrificar melodía y color. Y si te sentís con cancha como para explorar las idas y vueltas de las oraciones ciempiés, los remolinos sulfurosos de largas oraciones incadescentes, dale nomás: tus lectores apreciarán tu temeridad si los agarrás fuerte de la mano y los guiás.
Eso sí, que no te tiemble el pulso.
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Si te vas a partir en dos, cuando comentes (en blogs sobre blogs) sería bueno publicar esta página y no Puto y aparte. Una sugerencia, sé que mezclar te hace mal.
Xtian: tenés razón. Es una de esas cosas que hago automáticamente, sin pensar. A partir de ahora me fijaré qué URL poner cuando comente.
Xtian, un detalle que jode un poco en la lectura. Cuando decís “Conviene entonces que ilustre con ejemplos como distintos autores juegan con el punto y la extensión de las oraciones.”, ese “cómo” va con acento.
Xtian: Gracias, ya lo corregí.
No te cansás de leerlo. Me gusta mucho este tratado de gramática. Bioy Casares (que escribía muy mal pero nadie se atreve a decirlo) era muy amigo del punto. Creo yo que esa manía de las frases cortas, junto a sus buenas ideas narrativas, lo salvaron de la indiferencia general. Porque sus construcciones dejaban mucho que desear. ¡Mirá cómo un punto es capaz de salvar del escarnio incluso a un premio cervantes!
maestro, espero su tratado sobre los paréntesis y los guiones nomás (sobre las comas está todo escrito B-).
signos, idiomas y gramática
Hoy otro post más relacionado con la gramática.
Dos cosas:
Una:
¿Qué te pasa con Bioy, Hernán? ¿Estás loco? Mirá. Una vez leí que Borges decía sobre Bioy, sobre lo gran escritor que era, que le había enseñado una cosa importante: “hay que escribir como haciéndose el tonto”. Lo cual alude, creo yo, a lograr un determinado efecto de sentido. Y es así: vos estás leyendo la prosa del dandy este que escribe como desganado, y pone chaufeur en vez de chofer, y de golpe ¡zas! te salta la trama a la cara con toda su espesura. Me lo acuerdo patente en El sueño de los héroes. Años después, Piglia decía lo mismo: Contar una historia, mientras en realidad se está contando otra. No es una mala estrategia, y visto de ese modo, Bioy la tenía alquilada.
La otra;
Está bárbaro el texto sobre el punto. Y al respecto te recomiendo otro del libro de ensayos de Kundera Los testamentos traicionados, donde demuestra como en las distintas traducciones de Kafka se cambia, y a veces de manera muy radical, el sentido de un texto, troceándole las frases. Cómo de un original checo de, ponele tres frases, se llega a un párrafo en inglés de diecisiete.
Pero lo que a mí me genera dudas es el uso del punto y coma.
¿Qué es el punto y coma? ¿Una coma dragoneante? No sé. Yo por lo pronto la uso para separar cosas tirando a distintas, pero dentro de la misma frase: es como un punto seguido al que degradaste a punto y coma, pero tampoco estoy muy segura.
Agradezco aclaraciones sobre el tema.
Un beso grande.
La Romu: a mí me gustó la Invención de Morel A PESAR de su prosa. Y no me gustó Dormir al sol ni un poquito. Entiendo lo que vos decís, entiendo el finísimo sentido del ironía de Bioy, etc, pero aún así me irrita leerlo, sobremanera. O sea, no estoy en posición de decir que es un mal escritor, pero la textura de su prosa me irrita. En ese sentido Cortázar me parece mucho mejor, la prosa de Cortázar no es para nada virtuosa, es chata, plana y te envuelve sin que te des cuenta. Bioy a mí me suena a un disco demasiado viejo en el que la púa salta cada 30 segundos. Es cierto que tiene un oído finísimo (igual que Puig) y un gran manejo de atmósferas, pero a mí no me alcanza.
El punto y la coma… yo tampoco la tengo tan clara. En algún momento igual escribiré algo al respecto. Mucha gente entiende que el punto y coma es demasiado siglo XIX… a mí también me entran muchas dudas en el uso del guión y el paréntesis. En algún momento escribiré algo, aunque sea para que me lo critiquen y de a poco armar algún tipo de criterio coherente.
Yo no quiero ser injusto con Bioy, Romu, porque era un tipo bárbaro. Pero también me pasa eso de la púa que dice Chirstian. Y la comparación con Puig es buena, justamente, para entender por qué Bioy, siendo irónico, no era punzante. El de Villegas, en cambio, sí. “La invención de Morel” está muy bien, justamente, porque se muerde la lengua cada cinco líneas. Pero cuando la suelta, a la lengua, le pasa lo que le pasa. ¿Han leído sus cuentos fantásticos? No son fantásticos, son malos.
Y sobre el punto y como, Xtian y Romu, creo que hay dos clases. El que enseñan en el colegio, que sirve solamente para esto
y también para esto
Y después está el punto y coma literario, que tiene la libertad de ser un compañero cómplice del que narra. Un guiño para el lector avieso. Abelardo Castillo lo usa como complicidad de suspiro, o de ironía.
El mejor punto y como que leí en mi vida está en el cuento “Capítulo para Laucha” (de Cuentos crueles, 1966). El narrador, está escrito en primera, regresa a la casa de Laucha, primera novia, después de siglos. Va con ella desde la cocina hasta el fondo, donde guardan fotos y donde, luego, se darán un beso fulminante. Deben atravesar la galería de las casas viejas sampedrinas. Cuando lo hacen, la nostalgia lo invade. Y en el mejor párrafo de cuatro palabras que leí nunca, Castillo describe, para que el lector entienda todo:
Ya está. Ese punto y coma, una maestra de primera nos lo hubiese tachado del cuaderno, sin saber que tachaba, al mismo tiempo, una página fundamental de la literatura argentina.
Lo que pasa, chicos, es que estas discusiones nos llevan siempre a dos lugares equívocos. Uno es: “Fulano escribe así, pero no le llega a los talones a mengano que escribe asá”, y acordaremos que en literatura eso del top ten no agrega nada, y ni siquiera es un parámetro en sí.
Lo otro es más jodido, porque depende del gusto. Y no hay nada más arbitrario que el gusto. Yo debo, además, considerarme en desventaja en esta discusión, porque La invención de Morel está en mi estante de libros a leer desde hace mucho, y de Bioy he leído otras novelas, y sobre todo sus cuentos fantásticos. Que no me parecen para nada malos. A lo mejor desparejos. Pero salvo Borges y Cortázar - ¿Ven? heakí la ecuación fulano/mengano - no hay cuentista argentino que no sea irregular.
Mi valoración de la prosa de Bioy se me aparece clara en dos cosas: la primera, su manejo del lenguaje, que es envidiable, como en todo orfebre. Y la otra, esa morosidad que arrulla, seduce y envuelve, que algunos atribuyen a una cuestión de clase, y para mí no deja de ser un efecto de sentido. Insisto con eso, porque una cosa es escribir bien, y otra cosa más jodida es escribir bien como sutano. Y vos, Hernán, entendés de lo que te hablo, cada vez que te sentás a corporizar a Mirta.
Eso es la literatura de Bioy, en mi opinión. Las crónicas de un personaje Bioy, - cuya fina ironía a mí me puede (heakí la segunda situación de la que hablaba al principio) - que tuvo la mala pata de ser contemporáneo y para colmo ladero de Borges.
Un beso grande.
Sabés lo que pasa, Romu. Yo creo que la cosa, aunque subjetiva, está un poquitín más acá del gusto o no por Bioy. Yo creo que siempre hay que tratar de inducir un estado hipnótico en el lector, que se duerma con el arrorró y a lo sumo que se sobresalte en algunos puntos claves. El texto debería ser un vehículo de la historia, sobre todo en el género que escribe Bioy (si hablamos de otros géneros, donde se busca a propósito la ruptura, estamos en otro terreno). Yo admiro el fino humor de Bioy, su erudicción y su espíritu lúdico, pero La invención y muchos de sus cuentos se me vuelven imposibles de leer, porque las oraciones me suenan mal recortadas. De eso hablaba cuando hablaba de la púa que salta. Los sobresaltos cuando leo Bioy se producen una vez por oración y me pasa que tengo que retroceder y releer porque la oración sonó hueca o sincopada. Supongo que eso me hace tarado, o fiaca o quizás haya perdido el sentido de la concentración con los años.
Y quizás sea cierto, Bioy tuvo la mala suerte de ser contemporáneo de Borges y de Cortázar, dos tipos que tienen cuentos ejecutados a la perfección. Por ejemplo, en “La espera” de Borges, la púa salta en la última oración “En esta magia estaba cuando lo borró la descarga”. Es deliberado y genial, porque luego de ese estaba nuestra cabecita busca otro verbo, algo más cliché, o sea algo como: “En esa magia estaba SUMERGIDO cuando lo borró la descarga”. Pero Borges recorta ese participio y la pirueta le sale perfecta. Por qué? Porque es la única oración del relato que suena sincopada. Te puedo asegurar que si todas las oraciones del cuento escondieran estos trucos, el cuento no sería tan bueno, es decir, sería un cuento de Bioy.
Quizás las oraciones mal serruchadas de Bioy sean deliberadas, una afectación, como los decorados pasteles de Douglas Sirk o los falsettos de Morrissey. Entonces cambio mi sentencia: Bioy es un escritor excelente, pero a mí todas esas oraciones desflecadas me desconciertan y me descolocan.
Como dije antes, leí La invención, muchos de sus cuentos y Dormir al sol… y ninguno de esos textos me convenció del todo.
Es un lujo andar teniendo esta conversación, este intercambo. Y más todavía, porque está a la vista de todos y nadie se entera.
Un beso grande.
Xtian y Romu: Siempre alguien llega para enterarse de las cosas. Sigan haciendo las cosas bien.
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