Mirá como tiemblo
por Xtian Rodriguez
Sólo los superficiales se conocen a sí mismos. Oscar Wilde
Ni la más puta, con Fernando Peña
En El Cubo, Zelaya 3053, entre Jean Jaures y Anchorena. Puntaje: 15 de 100.
No soy fan de Fernando Peña, tampoco un detractor. Lo que sé es porque me lo cuenta mi vieja, porque no veo mucha televisión. Tampoco escucho radio. Sí escuché una vez un cd que vino con la revista Tres puntos (creo) y su habilidad para componer personajes imitando voces me pareció sobresaliente.
En resumen: fui al teatro con bastante expectativas y sin demasiados preconceptos. Salí decepcionado, confundido y sintiéndome un pelotudo por haber pagado 25 pesos y perdido dos horas y media de un domingo.
Para ser justos: de las larguísimas y mayormente tediosas dos horas y pico de espectáculo pueden rescatarse unos 20 minutos. Tres personajes bien compuestos por Peña a partir de la voz, como en la radio: Palito, el pibe que limpia vidrios, putea a todos y termina en Marcelo T. vendiendo el culo por unos mangos; la vieja cheta harta de todo y el viejo cubano amargado porque la mujer de su vida se fue y nunca volvió. Peña arma los personajes a través de las voces, el lenguaje y los tics verbales y lo hace con brillantez. En cuanto a actuación, Peña no aporta mucho: durante todo el espectáculo tiene la cara pintada como un payaso y los gestos no se distinguen, y en cuanto al manejo corporal, apenas si se molesta. Y en cuanto al contenido dramático, a lo que se dice, Peña se regodea en lo obvio. Todo esto ya fue dicho: los pibes que limpian vidrios putean a los hipócritas que por culpa dejan moneditas, las viejas chetas cambiarían la membresía del jockey club por una decena de orgasmos y los viejos cubanos abandonados, se amargan y se lamentan como pocos, y hablan con una papa en la boca, lento, lento.
Si esos tres personajes suman una media hora, ¿por qué la obra dura dos horas y media, casi? Habría que preguntarle a Peña cuál es la idea, más allá de su capricho, de su egolatría y de su sed de énfasis. Peña canta (mal) un repertorio de canciones elegido andá a saber con qué criterio. Peña increpa al público, sin razón aparente (ya sabemos que el público es naturalmente ingenuo - pelotudo, según Peña, es casi una condición para la existencia del hecho teatral una cierta ingenuidad, un cierto pacto de manipulación, entonces, ¿vale la pena repetir una y otra vez el insulto trillado de “ustedes son unos pelotudos que pagan para ver cualquier cosa”?). Peña pierde el tiempo en irritantes pausas que simulan un “ensayo general”, increpando a asistentes, preguntándole a gente detrás del escenario si debería cambiar esto o aquello y recomenzando. Peña se desnuda un par de veces (o quizás sea solo una vez). Peña habla de sí mismo como si su destino personal fuera fascinante o símbolo o guía o escándalo. No es ninguna de esas cosas. Es simplemente la vida de Peña y su egolatría no lo hace más interesante, sino más bien lo contrario.
Nada de esto es nuevo. La creación de personajes ya la hizo Gasalla. Ponerse en bolas es tan viejo como La lección de anatomía. Increpar al público lo han hecho los drag queens en los shows desde que tengo memoria. La manía auto referencial, de Mirtha Legrand a Marcelo Tinelli, es más regla que excepción. ¿Controversia? Quizás cuando hace un par de años Peña apareció por primera vez, mandando al frente a putos públicos no asumidos. La controversia se quema rápido y Peña no la renovó, ya hace varios años que está vencida.
20 minutos de brillantez en la imitación de voces es lo que queda después de restar y filtrar toda la cáscara, aburrida, tediosa, repetida, que le agrega Peña al espectáculo, con intenciones y ambiciones de andá a saber qué.
Da la impresión de que Peña podría ser parte de un gran espectáculo si se pusiera en manos de un director que lo disciplinara y lo orientara. Pero tal cosa es en este momento imposible. La única esperanza es que Peña se agote de su propio regodeo (si hablaba en serio cuando lo dijo, tal cosa estaría pronta, Peña aseguró que le tenía miedo a su propio estancamiento: que alguien cumpla en avisarle que tal estancamiento ya llegó y se quedó a vivir).
¿Soy el único que opina esto de este espectáculo? Lo dudo. Las risas fueron esporádicas durante el show. Los aplausos tibios. Ya desde el principio la atmósfera fue de cansancio, de modorra (el espectáculo empieza con una ridícula rutina payasesca que es difícil de levantar).
Quizás en la radio Peña deslumbre con su talento para la contestación repentina y su habilidad para la impostación vocal llene todos los espacios vacíos de esta dramaturgia obvia y que atrasa 25 años. Por lo pronto el teatro no hace más que subrayar sus falencias, que son muchas. En un momento Peña, más auto celebratorio y auto referencial que nunca, se anima al mensaje esperanzador. Algo así como “Yo siempre quise hacer esto y lo logré. Yo siempre supe que esto era lo mío.” Supongo que con “lo mío” se referirá a subirse a un escenario a presumir de su talento. Sí, seguramente eso es lo de él. Si con “lo mío” se refería a crear un espectáculo interesante, entretenido, inteligente, controvertido o cualquier otro adjetivo positivo, Peña se equivoca: definitivamente no es lo suyo.
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Próximas reseñas:
Cine:
Volver, de Almodóvar, Un plan perfecto, de Spike Lee.
Música:
Concierto de invierno del grupo The Excuse, en El camarín de las musas.
Libros:
Lo que queda del día, Kazuo Ishiguro.
Queer, William Burroughs.
El curioso incidente del perro a la medianoche, Mark Haddon.
El cine por asalto, José Pablo Feinmann.
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