Mirá como tiemblo
por Xtian Rodriguez
Sólo los superficiales se conocen a sí mismos. Oscar Wilde
Network (1976)
De Sydnet Lumet. Con Faye Dunaway, Peter Finch, William Holden y Robert Duvall. 1976. 121 minutos.
Cuando a Howard Beale (Peter Finch), el conductor del noticiero nocturno, le avisan que está despedido tiene un crisis. Es viudo, no tiene hijos y le dedicó toda su vida a la televisión. Se emborracha y al otro día anuncia, frente a las cámaras, que se suicidará en vivo en una semana. El director del canal (Robert Duvall) reacciona sacando al loco del aire y echando al director responsable del noticiero (William Holden). Pero el escándalo vende, las cifras de audiencia trepan y Howard Beale es reincorporado y promocionado como un mesías furioso que canaliza el enojo subyacente de la gente. El guión se arma en una tormenta perfecta: Duvall es el directivo que necesita un hit televisivo para reposicionar el canal de televisión y apaciguar a los accionistas, Faye Dunaway es la directora de programación que vive sólo para el rating y Finch es el loco de la colina, que seduce multitudes con su carisma de televangelista poseído y sus parrafadas iracundas.
La película mezcla un registro íntimo y sosegado cuando habla del affaire que tienen dos de sus protagonistas, con escenas más picadas y diálogos más rápidos en el estudio de televisión. Donde se pasa de rosca es cuando se mete con grupos “radicales” de izquierda. No sé si esos segmentos envejecieron mal o si ya se veían exagerados cuando se filmó, pero ahí el guión derrapa al dibujo animado y ni el pulso firme de Lumet nos salva.
Se trata entonces de una película por demás ambiciosa: denuncia tras denuncia tras denuncia (contra el espectáculo, las corporaciones, la parálisis y la ignorancia del ciudadano medio, la ambición personal desmedida, etc), el guión de Chayefsky acumula diálogos potentes, algunos bordeando el discurso. En muchos de estos casos las denuncias resultaron proféticas (mirando las parodias de programas basura en la película uno no puede dejar de recordar a Gelblund, Polino y Mauro Viale en los 90s). Pero lo cierto es que si no fuera por la calidad de las actuaciones y por la dirección de Lumet todo se derrumbaría hacia el panfleto tedioso o hacia el camp trotskista. O mejor dicho, a veces lo hace, pero se recupera rápido con una escena antológica, de las que hay varias: el primer monólogo de Finch a cámara, la escena de sexo de Dunaway y Holden con ella hablando sin parar del rating y acabando a los gritos mientras habla de su próximo programa “La hora de Mao Tse Tung”, y muchas, muchas más. Dentro de todas estas actuaciones excelentes sobresale Dunaway, ella misma una tormenta (eléctrica) perfecta.
Esta la película es una de las que hay que ver antes de morir y se merece estar en la lista: por sus escenas antológicas, por un guión ambicioso aunque a veces desprolijo, por las actuaciones sobresalientes y porque es un cine lleno de cosas para decir, y es mejor quemarse que apagarse lentamente. Si lo sabrá Faye, que 5 años después haría exactamente eso en Mommie Dearest.
Puntaje: 8/10.
(En unos días voy a comentar La tormenta de hielo, de Ang Lee, que retrata la misma época, 1976, pero desde otras perspectiva)
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