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Sólo los superficiales se conocen a sí mismos. Oscar Wilde

Ese día va a llegar

Bruno Bimbi vuelve a explicar, con claridad y sensatez, el sentido de la lucha por el matrimonio entre personas del mismo sexo.

El cigarrillo, la estupidez 2

Sigo sin escuchar un solo argumento sólido contra la ley de tabaco. Los mismos refritos de siempre: lo que siempre fue así, debería seguir así (el argumento reaccionario, digamos), otras cosas también contaminan (que es un argumento a favor de controlar otras sustancias, no de permitir fumar en espacios públicos) y algunos que resisten aun menos análisis.

Como los argumentos son tan endebles, se recurre a otras acrobacias teóricas. Una es la redefinición del pasado: “a los bares uno va a relajarse”. Lo que se sugiere es que para un fumador relajarse es fumar y este dato olvida, claro, que para muchas personas que no fuman no es posible relajarse en un ambiente lleno de humo. O sea, esa especie de relectura melancólica dice “a los bares uno va a fumar”. Sí, eso es lo que hacían los fumadores, pero el resto de las personas iban a leer, a tomar café, a charlar con amigos, a mirar por la ventana, a levantar gente. Y TOLERABAN (muchos a regañadientes) el humo del cigarrillo de los demás. Esto que es tan obvio hay que volver a decirlo, que una situación abusiva (los fumadores llenando de humo los ambientes donde también hay no fumadores) haya sido tolerada durante años no significa que haya que sostenerla perpetuamente.

Ya que hablamos de cosas obvias, digamos una más (está claro que el periplo en este debate es corto y nunca saldrá del círculo de lo obvio, simplemente porque del lado de los que atacan la ley no hay argumentos más allá de los argumentos pueriles: la vuelta al pasado leído a través del ombligo del fumador, la acusación de puritanismo y fachismo a los defensores de la ley, un hacerse los boludos cuando se señala que el cigarrillo hace mal no solo a los que lo fuman).

Lo obvio: el cigarrillo es un olor que se impregna. Se impregna en el pelo y en la ropa con una virulencia que no conozco en otros olores. O sea, uno puede sentarse a comer en un restaurant y molestarse con el olor a perfume que se puso la señora de la mesa de al lado, pero no se lleva ese olor a su casa dos horas después. Eso no sucede con el cigarrillo. Después de dos horas de estar en un bar o boliche uno vuelve a su casa y la ropa tiene un olor que tarda horas en irse y que incluso obliga a lavar la ropa al día siguiente. Muchas veces (no soy el único) volver de un boliche implica ducharse para sacarse ese olor encima (si uno se acuesta el olor del pelo se pasa a la almohada, cosa que en muchos casos me ha provocado despertarme en el medio de la noche).

Los fumadores, esto, ¿lo saben? Y si lo saben, ¿lo consideran una especie de manía delirante? ¿Tienen bloqueado el sentido del olfato a un nivel en el que no son sensibles a este tipo de inconvenientes?

Digo esto porque la reacción de ciertos fumadores frente a la ley ha sido intempestiva, primal: como si les hubieran tocado el culo o si los hubieran acusado de subnormales. Y son pocos los fumadores que han pasado del “ya sé que hace mal, pero es mi vida” a asumir y procesar que el humo hace mal, causa inconvenientes y molestias debido a que para muchos es desagrable, se impregna en todos lados y queda pegoteado en ropa y pelo durante horas. Si llenar un ambiente de humo no es invasivo para los que no celebran la inmersión en una pileta de humo, no sé qué es.

Entonces, cortémosla un poco con el tema del fachismo, el puritanismo, y esa sospecha de que debajo de esta prohibición y de la búsqueda de extender drásticamente los espacios libres de humo hay alguna caza de brujas, perversa, donde los no fumadores son una secta morbosa con ecos de El nombre de la rosa. (Ahí les doy una idea al ala de melancolismo nicotínico: hacer un paralelo entre la persecución de la risa y la comedia y el placer existencial de encender el cigarrillo).

Una vez que haya algún acuse de recibo de lo nocivo, inconveniente e invasivo que es fumar en cualquier lado, podemos pensar en como administrar los espacios libres de humo y los espacios llenos de humo (que por otro lado la ley contempla). Mi esperanza es que una vez que la cosa se estabilice y los bares creen espacios para fumadores y los fumadores puedan fumar dentro de sus peceras y no sufran el exilio - ¡el horrible, el tremendo, el cruel, el devastador exilio! - de fumar en la vereda o el balcón se tranquilicen, vuelvan a mirar alrededor y vean más allá del humo y se den cuenta que sus argumentos no eran argumentos sino un simple berrinche.