Mirá como tiemblo
por Xtian Rodriguez
Sólo los superficiales se conocen a sí mismos. Oscar Wilde
Lecturas pendientes 2006
Update 15/1: en rojo los libros que ya terminé de leer. En verde los que estoy leyendo en este momento. En azul los que están en stand by.
Hay que aprovechar el entusiasmo que producen estos primeros días del año, ese frenesí por planificarlo todo. A continuación la lista de lo que pretendo leer este año. Predominan los clásicos, aunque mechados con lecturas mas lights y contemporáneas. Lo que esté originalmente escrito en inglés, lo leeré en inglés, lo demás, en sus traducciones castellanas. Sí, es una lista ambiciosa (surgida del horror que me causó recorrer listas de ?clásicos obligatorios? y ver que sólo leí dos o tres) y caótica. Seguramente no cumpliré con el plan, pero siempre tengo tiempo de embarrar mis intenciones más adelante. Si algún lector considera que me salteé algo fundamental, peguen el grito. Si alguno de estos libros, les pareció un bodrio, ídem.
1. In cold blood, Truman Capote: Capote se esconde en un narrador omnisciente para salirse del paso y lograr que la historia fluya sin obstáculos hacia el lector. Los ingredientes: la naturaleza y sus objetos (y las personas), las pasiones, los enigmas. El enganche viene de varios lados: la caricia de la narración, la empatía que sentimos por los personajes, la maravilla frente al talento casi sobrenatural de Capote. Eso sí, el final es raramente fallido y desinflado y a los porrazos. Imprescindible.
2. La loca de la casa, Rosa Montero: Casi un libro ?miscelánea?. Montero cuenta anécdotas de intelectuales (Goethe, Tolstoi, etc), historias de su propia vida e intenta ensayos livianitos sobre el tema de la escritura y la locura. El resultado final es desparejo y tímido (lo mejor: el capítulo que compara la obra con una ballena, el que habla de los escritores del holocausto, el que intenta una clasificación sobre los escritores; lo peor: el capítulo eje que repite la misma historia contada de distintas maneras).
3. El astillero, Juan Carlos Onetti: Un escritor enorme que no se parece a nada. Onetti describe lugares, personas y climas como si fueran lo mismo, como si todos estuviéramos alentados por un panteísmo lentamente entrópico. Y su escritura (sus palabras) logran esa magia insólita, convertir el tatetí de todos los días en una cosmogonía que explica y no explica, pero que nos describe a todos. Onetti es de esos escritores que parece abrirte un nuevo sentido en la cabeza, más allá de los cinco sentidos tradicionales, o una combinación de todos. Onetti es de esos escritores con total dominio de sus palabras y sus visiones.
4. Pride and prejudice, Jane Austen: Leí los diez primeros capítulos y lo dejé, aunque seguramente lo retomaré más tarde. Andá a saber por qué, pero no es el tipo de libro que quiero leer en el verano. Esperame Juana, que ya se me vendrá el invierno.
5. Arquetipos e inconciente colectivo, Carl Gustav Jung: Leí más de la mitad y stop. Confuso, complicado, complejo. No puedo decir que sea fruta, porque lo que logro hilvanar es muy poco. O me están mandando fruta o eso es lo que me llega. Este queda en estado de suspensión permanente porque en vez de disfrute me parece un plomazo. A los Junguianos fanáticos: sí, algunas de sus ideas más básicas suenan verdaderas, pero el resto parece forzado o fumado. Intentaré quizás con ?El hombre y sus símbolos?, una especie de manual junguiano para principiantes.
6. Romeo y Julieta, William Shakespeare: la edición bilingüe de editorial Cátedra es excelente para los que saben inglés. Leer el libro sólo en inglés es arduo, especialmente porque incluye demasiados registros (versos pareados o soneteados, criados, sirvientes, etcétera). Me llevó bastante leerlo, porque leía en inglés, luego las notas, luego la traducción al castellano y de nuevo el inglés. Pero valió la pena. No es, según dicen, la obra maestra de Shakespeare, quizás sí la más popular. Me tomaré un recreo y luego pasaré a Otelo, Hamlet, Macbeth y El rey Lear.
7. Espantapájaros, Oliverio Girondo
8. Great expectations, Charles Dickens
9. The catcher in the rye, J.D. Salinger
10. Huckleberry Finn, Mark Twain
Criticus interruptus
Soy un lector voraz y promiscuo. Y de aliento corto, al menos últimamente. Voy a todos lados con una mochila en la que cargo 3 libros, por lo menos. Compro libros en tamaño pocket para que quepan en el bolsillo del jean o del buzo, y así poder tener algo encima cuando no estoy con la mochila en la espalda. Leo en el baño, en los cafés, en el subte y en la cama antes de dormir. A veces leo mientras camino o mientras subo las escaleras mecánicas. Leo novelas, cuentos, ensayos, diarios y revistas, weblogs.
Lamentablemente, rara vez termino lo que empiezo a leer. Si el libro tiene más de 100 páginas es muy probable que me quede en el camino. Estoy seguro que no es un problema del escritor, sino mío: tengo severos problemas de atención y una personalidad compulsiva. Pero hoy decidí que eso no debería impedirme opinar sobre las 10, 15 o 100 páginas de los libros que empecé a leer y nunca terminé. Acá van las críticas interruptus de lo que cayó en mis manos en el último año:
1. La dama del perrito y otros cuentos, de Anton Chejov. Leí solo “La dama del perrito”. Mucha gente que escribió obras maestras (Cortázar) opinaban que Chejov fue uno de los cuentistas fundamentales. También leí en la internet que este cuento en particular es una maravilla. Para mí fue una fetita de queso de máquina, es decir, cuadrado y con muy poco sabor.
Breve historia de los argentinos, de Felix Luna
Yo soy de los que creen que uno debería recibir un “refuerzo” del secundario a los 30 años, como si se tratara de la vacuna antitetánica. Y por eso decidí tomar el toro por las astas e iniciar mi propio plan de vacunación: no me acuerdo nada de geografía o historia, por ejemplo, y es una verguenza. Me da pavor volverme súbitamente famoso y que, luego de la oleada de paparazis, aparezcan los que te preguntan que opinás de los conflictos en Birmania o mis hipótesis acerca de la eterna debacle argentina.
A la cama con Anne y Barbara
Y sí, tuve un trío con dos chicas. Quería probar, me daba curiosidad, y como decía Oscar Wilde, puedo resistir cualquier cosa menos una tentación. Durante las últimas tres semanas me metí en la cama todas las noches con Anne Fadiman y Barbara Ehrenreich y lo bien que la pasé.
Inteligencia
Como con otros tipos de inteligencia, esta es en parte natural y en parte aprendida. Está compuesta de varias cualidades, muchas de las cuales se juzgan como signos de inmadurez o falta de educación en gente normal: ingenio (una tendencia a hacer conexiones irreverentes); obstinación y una tendencia hacia lo indómito (una negativa a creer lo que toda la gente sensata sabe que es verdad); inmadurez (una falta de concentración mental y propósito serio en la vida, un gusto por soñar despierto y mentir sin sentido, falta de ubicación, malicia, y una propensión a quejarse por trivialidades); una marcada tendencia hacia las fijaciones orales o anales o ambas (la oral manifestada a través de excesos con la comida, la bebida, el cigarrillo y la charlatanería; la anal a través de una nerviosa pulcritud y prolijidad acompañada de una curiosa fascinación por los chistes verdes); poderes extraordinarios de memoria fotográfica (una característica común en la adolescencia o en el retraso mental); una extraña mezcla de despreocupación lúdica y seriedad incómoda, esta última muchas veces acentuada por opiniones irracionalmente fuertes a favor o en contra de la religión; la paciencia de un gato; la astucia de un criminal; inestabilidad emocional; temeridad, espontaneidad e improvidencia; y finalmente, una inexplicable e incurable adicción a las historias, escritas u orales, buenas o malas.
John Gardner, extraido del libro “On becoming a novelist”, refiriéndose a la inteligencia necesaria para convertirse en un buen contador de historias (o novelista, o blogger).
((La traducción, torpísima, es mía))
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