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Sólo los superficiales se conocen a sí mismos. Oscar Wilde

Bob esponja

is dead, Gardel y Pipo Pescador cada dìa cantan mejor y este pibe es un jodòn…

(de paso: bonoki, el sitio donde aparecen esas tres fotos, es un excelente sitio para armarse un fotolog: fàcil, ràpido y pràctico)

Veloz casamiento

Las cartas de lectores de La Nación son mi debilidad, mi placer culpable. Cuando a una carta insólita se le suman los comentarios desopilantes de los usuarios del sitio, el cóctel es irresistible.

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La noche de los librerías

Sonaba bien: La Noche de las Librerías. Me encanta ir de librería en librería, de la mesa de novedades a la de saldos. Me encanta hablar de libros, con los libreros, con los amigos, con gente que lee y escribe. Esperaba encontrar todo eso ayer; lo que encontré fue una gaffe organizativa.

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Pensar en otra cosa

Ayer, Tom Luppo citó a Roland Barthes en el programa Dejámelo pensar (canal 7, lunes a viernes, 16 hs). El programa era sobre la monogamia y la cita de Barthes es:

Estar con quien se ama y pensar en otra cosa: es de esta manera que tengo los mejores pensamientos, que invento lo mejor y más adecuado para mi trabajo. Ocurre lo mismo con el texto: produce en mí el mejor placer si llega a hacerse escuchar indirectamente, si leyéndolo me siento llevado a levantar la cabeza a menudo, a escuchar otra cosa.

Roland Barthes, El placer del texto

Una verdad incómoda

An inconvenient truth. Con Al Gore, dirigida por Davis Guggenheim.

Esta es una película imprescindible, que todos deberían ver. Habla del problema del calentamiento global y lo que dice es grave, gravísimo: en los próximos años, si seguimos como hasta hoy puede haber cambios abruptos, varios cambios abruptos: se puede derretir este glaciar, se puede morir este coral, se puede evaporar esta masa de hielo, digamos que el menú es variado, pero en cualquier caso, las consecuencias son devastadoras. A veces las fantasías apocalípticas son eso, extrapolaciones afiebradas, pero cuando el consenso científico es total, las catástrofes se vuelven posibles, y sí, inevitables a menos que se haga algo.

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Los 1001 libros que hay que leer antes de morir

Ya habrán visto esta serie de libros en la librería. “Las 1001 películas que hay que ver antes de morir” y “Los 1001 discos que hay que escuchar antes de morir”. El de los 1001 libros que hay que leer antes de morir todavía no está traducido (¿estarán armando una lista con más entradas de libros en castellano dado que la de la versión en inglés está tan sesgada hacia los libros escritos en inglés?).

Tengo que decir: a mí me gustan las listas. Me las tomo con soda, digamos. O sea, creo que siempre son arbitrarias, injustas, llenas de agujeros y de caprichos ridículos. Pero son un punto de partida para discutir (algunas de las mejores discusiones de cine las he tenido al discutir cuáles son las 10 mejores películas de la historia, o las 10 mejores escenas, etcétera).

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Casi nada, casi todo: “Five (dedicated to Ozu)” de Abbas Kiarostami

La película El sabor de la cereza, a la que muchos consideran como la obra maestra del iraní Abbas Kiarostami me aburrió y me irritó. Mucho. El cine experimental (o como se llame) no me interesa particularmente. Será porque en la mayoría de esos experimentos me siento una rata de laboratorio en la que se inyectan cantidades excesivas de aburrimiento y el resultado del experimento no me sorprende: me aburro, me duermo, me enojo. ¿Por qué, entonces, decidí bajarme con el eMule, Cinco (dedicada a Ozu), una película de Kiarostami de 75 minutos armada con 5 planos largos, donde la cámara casi no se mueve y donde no pasa casi nada? Y no es que no sabía de qué se trataba la película, sí, lo sabía. Será el verano o las ganas de darle a Kiarostami una segunda oportunidad. O más probablemente una reacción natural después de ver Apocalypto: ir lo más lejos posible de Gibson y su festival de inserciones sangrantes.

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Una visita al lavadero de Marcela

Acá publico un adelanto exclusivo: tres cuentos de Marcela y su lavadero, para disfrute de los internautas veraniegos.

Barrios y banderas

Ana, la mayor de mis hijas, cursó los dos primeros años de la secundaria en un colegio privado. No se sentía cómoda con sus compañeros así que en tercer año se inscribió en el Colegio Nacional de Quilmes, popularmente llamado “el Nacio”.

Un vecino que era profesor en ese colegio le dijo: acá vas a estar bien, el ambiente es variado, viene desde el hijo del gerente del Banco Supervielle hasta los chicos de la villa El Monte.

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Ocio, de Fabián Casas

Los lemmings y otros, la colección de relatos de Fabián Casas, fue para mí uno de los mejores libros publicados el año pasado. No solo para mí, sino para mucha gente. Es una colección de relatos frescos, vitales, semi autobiográficos, extraídos y recuperados de una infancia y adolescencia vividas en el barrio de Boedo y cargados de humor, ternura, amistad, traición y mucho más. La prosa de Casas es intimista sin ser invasiva, limpia. Lo que relata es fascinante y tiene la fascinación de lo mítico (un microcosmos cargado de fuerzas históricas). No quiero sonar grandilocuente en la crítica, porque el gran mérito de Casas es evitar esa grandilocuencia, evitar los dos grandes polos de problemas, en mi opinión, de la literatura argentina contemporánea: la grandilocuencia y la aridez. Los cuentos de Casas no son ninguna de las dos cosas: leerlo es conmovedor.

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El cigarrillo, la estupidez 2

Sigo sin escuchar un solo argumento sólido contra la ley de tabaco. Los mismos refritos de siempre: lo que siempre fue así, debería seguir así (el argumento reaccionario, digamos), otras cosas también contaminan (que es un argumento a favor de controlar otras sustancias, no de permitir fumar en espacios públicos) y algunos que resisten aun menos análisis.

Como los argumentos son tan endebles, se recurre a otras acrobacias teóricas. Una es la redefinición del pasado: “a los bares uno va a relajarse”. Lo que se sugiere es que para un fumador relajarse es fumar y este dato olvida, claro, que para muchas personas que no fuman no es posible relajarse en un ambiente lleno de humo. O sea, esa especie de relectura melancólica dice “a los bares uno va a fumar”. Sí, eso es lo que hacían los fumadores, pero el resto de las personas iban a leer, a tomar café, a charlar con amigos, a mirar por la ventana, a levantar gente. Y TOLERABAN (muchos a regañadientes) el humo del cigarrillo de los demás. Esto que es tan obvio hay que volver a decirlo, que una situación abusiva (los fumadores llenando de humo los ambientes donde también hay no fumadores) haya sido tolerada durante años no significa que haya que sostenerla perpetuamente.

Ya que hablamos de cosas obvias, digamos una más (está claro que el periplo en este debate es corto y nunca saldrá del círculo de lo obvio, simplemente porque del lado de los que atacan la ley no hay argumentos más allá de los argumentos pueriles: la vuelta al pasado leído a través del ombligo del fumador, la acusación de puritanismo y fachismo a los defensores de la ley, un hacerse los boludos cuando se señala que el cigarrillo hace mal no solo a los que lo fuman).

Lo obvio: el cigarrillo es un olor que se impregna. Se impregna en el pelo y en la ropa con una virulencia que no conozco en otros olores. O sea, uno puede sentarse a comer en un restaurant y molestarse con el olor a perfume que se puso la señora de la mesa de al lado, pero no se lleva ese olor a su casa dos horas después. Eso no sucede con el cigarrillo. Después de dos horas de estar en un bar o boliche uno vuelve a su casa y la ropa tiene un olor que tarda horas en irse y que incluso obliga a lavar la ropa al día siguiente. Muchas veces (no soy el único) volver de un boliche implica ducharse para sacarse ese olor encima (si uno se acuesta el olor del pelo se pasa a la almohada, cosa que en muchos casos me ha provocado despertarme en el medio de la noche).

Los fumadores, esto, ¿lo saben? Y si lo saben, ¿lo consideran una especie de manía delirante? ¿Tienen bloqueado el sentido del olfato a un nivel en el que no son sensibles a este tipo de inconvenientes?

Digo esto porque la reacción de ciertos fumadores frente a la ley ha sido intempestiva, primal: como si les hubieran tocado el culo o si los hubieran acusado de subnormales. Y son pocos los fumadores que han pasado del “ya sé que hace mal, pero es mi vida” a asumir y procesar que el humo hace mal, causa inconvenientes y molestias debido a que para muchos es desagrable, se impregna en todos lados y queda pegoteado en ropa y pelo durante horas. Si llenar un ambiente de humo no es invasivo para los que no celebran la inmersión en una pileta de humo, no sé qué es.

Entonces, cortémosla un poco con el tema del fachismo, el puritanismo, y esa sospecha de que debajo de esta prohibición y de la búsqueda de extender drásticamente los espacios libres de humo hay alguna caza de brujas, perversa, donde los no fumadores son una secta morbosa con ecos de El nombre de la rosa. (Ahí les doy una idea al ala de melancolismo nicotínico: hacer un paralelo entre la persecución de la risa y la comedia y el placer existencial de encender el cigarrillo).

Una vez que haya algún acuse de recibo de lo nocivo, inconveniente e invasivo que es fumar en cualquier lado, podemos pensar en como administrar los espacios libres de humo y los espacios llenos de humo (que por otro lado la ley contempla). Mi esperanza es que una vez que la cosa se estabilice y los bares creen espacios para fumadores y los fumadores puedan fumar dentro de sus peceras y no sufran el exilio - ¡el horrible, el tremendo, el cruel, el devastador exilio! - de fumar en la vereda o el balcón se tranquilicen, vuelvan a mirar alrededor y vean más allá del humo y se den cuenta que sus argumentos no eran argumentos sino un simple berrinche.